“Todo me afecta”.
“Le doy importancia a cosas que los demás ni siquiera ven”.
“Cualquier tontería me hace llorar”.
“Ojalá pudiera ser menos sensible”.
Cuando escuchamos durante mucho tiempo que reaccionamos demasiado, es fácil acabar pensando que el problema está en nuestra forma de sentir.
Pero quizá estamos mirando únicamente el último momento de una historia mucho más larga.
Te propongo lo siguiente:
Imagina un vaso.
Puedes echar unas gotas y no ocurre nada.
Puedes seguir llenándolo y aparentemente sigue sin pasar nada. Hasta que cae una última gota y el agua se desborda.
Si solamente miramos esa gota, la reacción parece desproporcionada.
“¿Todo esto por una gota?”
Pero la gota no explica el desbordamiento. El vaso ya estaba lleno.
Con nosotros puede ocurrir algo parecido.
A veces no reaccionamos solamente a lo que acaba de pasar. Reaccionamos también desde cómo llegamos: después de semanas de estrés; de cuidar a todo el mundo; de intentar llegar a todo; de tragarnos algunas cosas; de dormir mal; de estar pendientes de los demás; de no parar.
Entonces alguien hace un comentario aparentemente pequeño y nos derrumbamos.
No necesariamente porque ese comentario fuera enorme. Quizá ya no quedaba demasiado espacio para sostener algo más.
Sensibilidad no es lo mismo que fragilidad.
Ser sensible no significa ser débil.
Podemos tener una gran capacidad para percibir cambios, conectar emocionalmente o sentir intensamente sin que exista ningún problema en ello.
La pregunta aparece cuando esa sensibilidad genera sufrimiento o cuando vivimos constantemente sobrepasados por lo que sentimos.
Entonces quizá sea más útil dejar de preguntarnos: “¿Cómo consigo que todo me dé más igual?” y empezar por: “¿Qué hace que ahora mismo tenga tan poco margen para sostener lo que ocurre?”
Porque a veces no necesitamos sentir menos.
Necesitamos dejar de sostener tanto.

