Es una visión negativa, a veces, incluso catastrófica, de lo que puede suponer fallar, equivocarse, cometer cualquier tipo de fallo.
Y esto, evidentemente es un problema, porque ¿conoces a alguien que no se haya equivocado en nada nunca?
Yo tampoco.
El fallo forma parte de la vida y es sano y necesario.
Desde bien pequeñitas aprendemos muchas de las cosas “básicas” de la vida equivocándonos. Te tropiezas y te levantas y para la próxima vez, ya sabes por dónde no hay que ir. Aprendizaje continuo.
Ahora bien, cuando nuestra perspectiva es muy negativa sobre los fallos, se generan emociones que resultan realmente incómodas. Porque asociamos que fallar equivale a fracasar.
¿Qué consecuencias genera el miedo al fracaso?
- Dificultad para analizar, evaluar y tomar decisiones. Nos quedamos paralizadas ante una situación o una decisión porque ¡cualquier fallo puede ser fatal!
- Pérdida de confianza en uno mismo. Se nos hace bola tomar decisiones y no tomarlas nos genera sensación de no ser válidas…y así la rueda no para de girar.
- Estrés y ansiedad.
- Evitación de situaciones para no correr el riesgo de fallar: mejor me quedo quietecita que así seguro que no la lío (¡ni vivo tampoco!)
¿Te has sentido identificada con alguna de estas consecuencias?
La parte positiva es que el miedo al fracaso lo podemos trabajar juntas, para que reaprendamos que fallar significa “me he equivocado” y nada más. Sin juicios, sin (autocríticas)críticas, sin asumir que equivocarse es ser una fracasada.
Y sobre todo…
Sosteniendo la frustración y la incertidumbre que generan el equivocarse (¡qué poco nos gustas esas emociones!).
Te invito a que le dediques un ratito a pensar cómo es tu relación con el fallo:
- ¿Cuándo fue la última vez que te equivocaste?
- ¿Qué emoción estaba presente?
- ¿Cómo notabas el cuerpo: tenso, rígido, relajado…?
- ¿Tuvo arreglo?
- ¿Qué crees que dice de ti el hecho de fallar?
- ¿Recuerdas durante mucho tiempo los fallos?
- ¿Cuántas veces has conseguido algún logro importante a la primera, de forma perfecta?

