¿Por qué me cuesta pedir ayuda y siento que tengo que poder con todo?

Lo que creemos que es fortaleza… y a veces es supervivencia

Hay personas que son muy buenas sosteniendo:

  • Sostienen el trabajo.
  • La casa.
  • Los problemas.
  • A los demás.

Se organizan, resuelven, se anticipan y siguen adelante incluso cuando están agotadas.

Y muchas veces escuchan:

“Qué fuerte eres”

“No sé cómo puedes con todo”

“Tú siempre sales adelante”

Probablemente sean fuertes. Pero a veces, cuando empezamos a mirar un poco más de cerca esa fortaleza, aparece una pregunta diferente:

¿Puedo con todo o siento que tengo que poder con todo?

Porque no es exactamente lo mismo.

¿Por qué me cuesta tanto pedir ayuda?

Esto es algo que también les cuesta mucho a las personas “fuertes” y es que pedir ayuda parece sencillo hasta que tenemos que hacerlo.

Hay personas a las que les cuesta incluso cuando están completamente desbordadas.

“No quiero molestar.”

“Ya lo hago yo”.

“No es para tanto”.

“Seguro que puede haber alguien que necesite más ayuda que yo”.

“Prefiero depender de mí”.

¿Te suena alguna de estas?

Y así pueden pasar mucho tiempo resolviendo a solas cosas que podrían gestionar acompañadas.

A veces interpretamos esto simplemente como independencia. Pero la pregunta que me parece interesante no es solamente si eres capaz de hacer las cosas por ti misma.

La pregunta es:

¿Qué ocurre cuando necesitas a alguien?

¿Puedes pedir?

¿Puedes confiar?

¿Puedes dejarte cuidar?

¿Puedes decir que no puedes?

¿O todo eso te hace sentir incómoda, vulnerable o incluso culpable?

Cuando ser fuerte fue necesario

No todas las personas que tienen dificultades para pedir ayuda han vivido las mismas experiencias. Y ser independiente, por supuesto, no es un problema.

Pero a veces encontramos historias en las que ser autosuficiente tuvo mucho sentido.

Quizá aprendiste pronto que había que resolver.

Que pedir no siempre servía.

Que los demás ya tenían suficientes problemas.

Que recibías reconocimiento cuando eras responsable, madura o no dabas problemas.

Que mostrar determinadas emociones generaba incomodidad.

O simplemente que confiar demasiado en alguien podía terminar siendo doloroso.

No necesariamente hubo un momento en el que pensaste:

“A partir de ahora no voy a necesitar a nadie”.

Estos aprendizajes suelen ser mucho más sutiles.

Simplemente empezaste a hacerlo tú.

A esperar menos.

A pedir menos.

A resolver más.

Y funcionó.

“Yo no necesito a nadie”.

Esta frase puede sonar a fortaleza.

Pero también puede esconder bastante miedo.

Porque existe una diferencia importante entre:

“Puedo estar sola” y “necesito no depender de nadie para sentirme segura”.

La primera habla de autonomía.

La segunda puede hablar de protección.

Si necesitar a otras personas ha estado asociado en algún momento a decepción, rechazo, imprevisibilidad o vulnerabilidad, tiene sentido que nuestro sistema encuentre una solución: no necesitar.

  • Cuanto menos necesito, menos pueden decepcionarme.
  • Cuanto menos pido, menos posibilidades hay de recibir un no.
  • Cuanto más controlo yo, menos dependo de lo que haga otra persona.

El problema aparece cuando esa estrategia empieza a aplicarse incluso en relaciones en las que sí podríamos apoyarnos.

¿Qué es la hiperindependencia?

En redes sociales se utiliza mucho últimamente la palabra hiperindependencia.

Puede resultar útil para describir una autosuficiencia llevada al extremo: personas que tienen dificultades para pedir ayuda, delegar, confiar en otros o permitirse depender emocionalmente de alguien.

Pero no me interesa demasiado utilizarla como una nueva etiqueta.

No se trata de decidir: “Soy hiperindependiente y por eso hago esto”.

Me parece bastante más útil preguntarnos “¿Qué hace que para mí sea tan difícil necesitar?”

Porque dos personas pueden tener exactamente la misma conducta y haber llegado hasta ella por caminos completamente diferentes.

Cuando descansar también resulta difícil

Hay otra parte de este patrón que a veces pasa desapercibida.

Personas que saben hacer muchísimo… pero no saben parar.

Cuando descansan aparece culpa.

Cuando no están siendo productivas sienten que están perdiendo el tiempo.

Cuando otra persona se ocupa de algo sienten que deberían estar haciendo algo ellas también.

Incluso cuando el cuerpo pide parar, aparece una voz interna:

“Venga”.

“No es para tanto”.

“Un poco más”.

“Ya descansarás después”.

Y ese después nunca termina de llegar.

A veces el cansancio no aparece porque hayamos dejado de ser fuertes.

A veces aparece porque llevamos demasiado tiempo teniendo que serlo.

La fortaleza que se ve y la que no.

Estamos acostumbrados a asociar fortaleza con resistir.

  • Seguir.
  • Resolver.
  • No romperse.

Pero hay otras formas de fortaleza que quizá no hemos aprendido a reconocer tanto.

Decir:

“Necesito ayuda”.

“Esto me está superando”.

“No puedo hacerme cargo de esto ahora”.

“Necesito que estés conmigo”.

“Hoy necesito descansar”.

Para alguien acostumbrado a sostenerlo todo, estas frases pueden requerir mucha más valentía que seguir tirando.

Porque implican algo que quizá resulta mucho más difícil: permitir que alguien vea que también necesitamos.

No necesitamos dejar de ser fuertes

Trabajar este patrón no significa convertirnos en personas dependientes ni renunciar a nuestra autonomía.

Tampoco significa que todo lo que hemos construido esté mal.

Al contrario.

Quizá esa capacidad de resolver te ha llevado muy lejos.

Quizá te permitió atravesar momentos realmente difíciles.

Quizá es una parte de ti que merece muchísimo reconocimiento.

La cuestión es que deje de ser la única opción disponible.

Poder hacerlo sola…y poder pedir ayuda.

Poder cuidar…y dejarte cuidar.

Poder resolver…y permitir que alguna vez resuelva otro.

Poder ser fuerte…y también estar cansada.

Porque cuando solamente podemos ocupar uno de esos lugares, quizá ya no estamos eligiendo.

Lo que hoy pesa pudo protegerte antes

Esta es una idea que aparece mucho cuando trabajamos desde una perspectiva de trauma y apego.

Algunas de las cosas que hoy queremos cambiar de nosotros no empezaron necesariamente siendo un problema.

Fueron respuestas.

Adaptaciones.

Formas de protegernos o de desenvolvernos con aquello que teníamos disponible en ese momento.

Entenderlo no significa quedarnos ahí.

Significa poder dejar de preguntarnos: “¿Qué me pasa para ser así?”

y empezar a hacernos una pregunta bastante más útil: “¿Qué aprendí para necesitar hacerlo todo sola?”

Quizá entonces podamos empezar a construir algo diferente.

No desde el rechazo a esa parte de nosotros que siempre ha podido con todo.

Sino reconociendo cuánto hizo.

Y enseñándole, poco a poco, que ahora no tiene por qué hacerlo todo sola.

Trabajar la dificultad para pedir ayuda en terapia

Si te reconoces en esa sensación de tener que poder con todo, te cuesta pedir ayuda o sentirte vulnerable delante de los demás, en terapia podemos explorar qué hay detrás de esa necesidad de autosuficiencia y cómo aparece actualmente en tus relaciones.

Trabajo como psicóloga sanitaria en Madrid, especializada en trauma y apego adulto, desde un enfoque de psicología integradora, tanto de manera presencial como online.

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Belen Niño Psicologia
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